De un hotel de cuatro estrellas al autobus que nos lleva de un lado para otro. Han sido cuatro horas de viaje desde Temuco hasta Lebu. Lebu es un pequeño pueblo costero en el centro de Chile. La expedición tahina-can Bancaja se ha trasladado hasta allí porque es uno de los sitios más cercanos al epicentro del terremoto que azotó Chile el pasado febrero de 2010, y al que nos podemos acercar. Concepción fue el epicentro, pero el transporte por tierra hasta allí es aun complicado.

Lebu es sencillo, un mar de casitas prefabricadas de 20 metros cuadrados donde viven familias enteras. Es el Montjuïc de los 60-70 en versión chilena.

Hemos visitado la estación de bomberos de Lebu, que funciona con voluntarios del pueblo, y que cuenta con niños, mujeres y adultos. Nos han contado las características de su sistema de alarma, que hemos podido comprobar en primera persona. Una alarma ensordecedora que alerta a los ciudadanos de todo tipo de emergencia. Hay diferentes tipos de alarma para que se sepa cual es el problema en ese momento y la gente no entre en pánico sin motivo.

Los habitantes de Lebu sufrieron en gran medida el terremoto del 27 de febrero de 2010. No solamente por el propio terremoto sino porque al ser un pueblo costero, el maremoto inundó su pueblo, anegó sus casas, destrozó sus pertenencias, y probablemente lo más importante fue que les destrozó su principal recurso económico: el puerto pesquero. En Lebu hay una gran tradición pesquera que se vio truncada con el derrumbe del puerto y la pérdida de sus embarcaciones. En la actualidad se continua explotando este sistema económico aunque en peores condiciones: los pesqueros venden el pescado a supermercados a precio muy bajo, y en las tiendas se obtiene un gran beneficio por el mismo.

 

Del centro de Lebu a un campamento sobre una montaña. Un campamento construido por la organización Un techo para chile que ha ofrecido a un conjunto de familias alejarse del lugar donde llega el agua cuando hay un tsunami y donde viven más tranquilos. A pesar de que las condiciones higienicas y economicas no son las más adecuadas, ellos son “felices” alli. Todas las personas con las que hemos hablado coinciden en un punto: “en lebu vivíamos bajo la incertidumbre de no saber si nuestra casa iba a aguantar el próximo terremoto o maremóto, y aquí sabemos que aunque la tierra tiemble, estamos a salvo del agua”. Son personas que, en su mayoria, conservan su casa en el centro de Lebu, pero que prefieren vivir en lo alto de esa montaña.

Calles del campamento para damnificados por el terremoto, en Lebu
Fuente: La maleta de Carla

 

Sin duda un lugar del que todos hemos salido maravillados, habiendo conocido a grandes personas, a niñitos a los que se les iluminaba la cara con solo ver las fotografías que sacabamos de ellos. También hemos salido de allí con una reflexión a cuestas: a veces no valoramos lo que debíeramos todo lo que tenemos. En mi caso, creo que hace tiempo que aprendí a valorar cada segundo, a saber cuando algo me hace feliz y no tener reparo en decirlo. Pero nunca está de más una experiencia como esta que te lo recuerde.
Volvemos hacia Valdivia, aun nos quedan cinco horas de viaje de autocar y ya llevamos dos. La energia decae por segundos, pero a mi alrededor no paro de ver gente trabajando. Escuchan declaraciones que han recogido con sus grabadoras, escriben en ordenadores portátiles, en hojas de papel -a pesar de lo complicado que resulta por el traqueteo del autocar-, que miran videos para después editarlos, etc. Formamos un gran equipo.Links de interés:
Tahina-Can
Un techo para Chile
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