Volver a una ciudad es como leer un libro por segunda vez. Es una segunda experiencia que poco tiene que ver con la primera.
A finales de febrero aterrizaba en el aeropuerto “Nikola Tesla” de Belgrado por primera vez aunque no era la primera vez en el país, ni en su capital. Visité Serbia por primera vez en septiembre de 2010, aunque llegué en autobús desde la pequeña ciudad de Gradiska (Republica Srpska, Bosnia Herzegovina).
Los viajes en bus de un país a otro de los Balcanes nada tienen que ver con los siempre ajetreados aeropuertos. Un aeropuerto es un desfile de personas de infinidad de procedencias y con infinidad de destinos. Un aeropuerto es lugar de encuentro, de despedida, de sonrisas y de lágrimas. En un aeropuerto se dan cita un sinfín de sentimientos.
En cambio, en autobús, y concretamente en los Balcanes, tengo la impresión de que viajar es un acto más bien cotidiano. No cuesta nada ir al país vecino para visitar a algún familiar o amigo. Es un transporte barato, más o menos rápido, accesible y más o menos cómodo.
Pasar 24 horas en una ciudad no es conocerla, ni tampoco conocer un país. Para ello hace falta más. La anterior vez que visité Belgrado pasé allí unos días, conocí sus gentes, probé sus comidas y visité barrios que se alejan del centro más “turístico” de la ciudad más grande de los Balcanes.
Esta vez, me reencontraba con aquella ciudad que dejé hace año y medio aun sin saber qué sentimientos me iba a deparar y qué aventuras me esperaban en aquellas 24 horas.
Zeleni Venac, o la parada de autobuses más céntrica de la ciudad es donde me reencontré con Filip, un chico serbio que conocí hace casi un año y que me iba a acoger en su casa, junto al resto de jóvenes que liderarán el intercambio juvenil al que asistiremos en un par de semanas en Prijepolje, Serbia.
Después de una cena nada típica, me esperaba una experiencia…diferente. Algo que he ido aprendiendo y que ahora nos reiteran cada día en el máster en periodismo de viajes, es que hay que viajar con la mente totalmente abierta y sin prejuicios.

Entramos en un edificio de la época soviética, una imprenta que cerró sus puertas y dejó de producir hace más de veinte años. El edificio que un día acogió las tareas diarias de la Graficko Drustvo Bigz AD, es hoy en día el punto de encuentro de muchos jóvenes con aspiraciones diferentes. Según me contaba Filip, el gobierno es ahora el propietario de esta finca y lo alquila a aquellos que estén interesados para distintas actividades. Filip tiene una habitación alquilada para tocar con su grupo de música.

Y de noche se convierte en un hervidero de jóvenes con ansias de fiestas alternativas a las que se ofrecen en los bares y clubs del centro de la ciudad de Belgrado. El lugar se me apareció ante los ojos inmenso, altos techos, pasillos oscuros y sin fin, un ascensor claustrofóbico y cuyas pintadas aún hacían que pareciese un espacio más reducido.
En el ascensor
Las pocas luces encendidas nos permitían llegar a duras penas de un pasillo a otro, pasando sala tras sala, dejando atrás la salida, que ya me parecía que no iba a saber encontrar de nuevo.
Llegamos a un pasillo muy concurrido. Chaquetas de camuflaje, humo, mucho humo, carcajadas, gente cayéndose en un rincón, cervezas, el suelo pegajoso y el hedor del lavabo que se propagaba por todo el pasillo, que estaba también a oscuras. Todos parecían estar a gusto y estar pasando un rato agradable. Y yo sólo me dedicaba a observar.
Entramos en una de las salas donde se suponía que empezaba un concierto de rock y tras diez minutos que se me hicieron eternos, tuve que salir en busca de oxígeno.
Una hora y media más tarde y con toda mi ropa para lavar (En Serbia en general no hay ley antitabaco, y menos en un lugar como este) salimos de la antigua imprenta.
Amanecer en Belgrado a finales de febrero es amanecer bajo un cielo gris y espeso. La nieve parece que no está nunca de mi lado. En este caso solo la vi en la calle y amontonada en rincones, sucia y deshaciéndose.
Volver a pasear por el Kalemegdan me trajo sorpresas. Esperaba sentir nostalgia o algún sentimiento parecido y solo sentí la felicidad por estar en un sitio que me gusta. El Kalemegdan es una fortaleza y un parque situados en lo alto de una colina en la ciudad de Belgrado. Se ve todo el río y está justo al lado de la confluencia entre los ríos Sava y Danubio. Además, la puesta de sol es incomparable.
Kalemegdan – Febrero 2012
Un paseo junto al río Sava ponía fin a mi expedición Belgrado 24h. Ya espero con ganas la tercera vez que visite sus orillas, que vea las puestas de sol desde el Kalemegdan, o que coma un helado en la calle Knez Mihailova.
Calle Knez Mihailova
Porque volver no quiere decir siempre volver a casa.
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