Amanecimos pronto. Tocaban las 6 y media en el reloj y a las 7 era el desayuno. Pasé esa media hora intentando conseguir agua caliente en la ducha del albergue de Georges du Dades, sin éxito.
Un desayuno austero y el conductor ya nos estaba metiendo prisa para salir camino del desierto. ¡Qué prisa se daba hoy!
No tardamos mucho en hacer la primera parada en el Valle de Toudra, donde disfrutamos del paisaje montañoso que me recordó a las Hoces de Vegacervera en León, por sus gargantas, sus montañas afiladas y los espacios estrechos para el paso de la vida.
El valle de Toudra
También conocimos de la mano de un berber la vida en el campo y una cooperativa de mujeres que se dedican a la producción de alfombras de lana de animales. Una visita, sin duda, enriquecedora y que empezaba a mejorar con creces la experiencia en el desierto.
Alfombra hecha por la cooperativa de mujeres beréberes en el Valle de Toudra
Volvieron a llevarnos a comer a un restaurante turístico, y volvimos a evitarlo, para acabar en un pequeño bar donde comimos unos bocadillos de tortilla buenísimos.
Nuestra comida, dos bocadillos de tortilla

 

Hacia las 15:30 llegábamos por fin al campamento base, el riyad Yasmina, que se encuentra a las puertas de las dunas de Merzouga. El primer contacto con el desierto fue extraño. Íbamos en la furgoneta y a lo lejos aparecieron a nuestra vista las dunas, rompiendo totalmente con el terreno árido que hasta ahora había caracterizado el trayecto.
Llegaron nuestros dromedarios guiados por Ibrahim, nuestro acompañante beréber, y nos llevaron hasta la haima en medio del desierto donde pasaríamos la noche. Para ser sinceros, esperábamos un sitio menos cuidado, una haima común donde dormiríamos todos juntos, un agujero en el suelo como lavabo…Nada que ver.
De tour por el desierto
El espacio se componía de muchas tiendas en cuadrado, donde podíamos dormir de forma individual o en pareja en unos colchones en el suelo que incluso tenían sábanas. En el centro del campamento, dos mesas, colchones para sentarnos alrededor, y un vivac para iluminarnos durante la cena.
Antes de cenar subimos a una duna enorme (y digo enorme porque casi no llego a la cima) y vimos el atardecer.
Disfrutando de la puesta de sol
Cenamos tajine cocinado por Ibrahim y de postre un melón sabrosísimo. Luego llegó Mustafá con sus tambores y él y Ibrahim nos dieron el mejor concierto bajo las estrellas del mundo. Incluso cantaron en castellano, se animaron con el Gagnam Style con los coreanos y con la macarena. Acabamos la noche entre adivinanzas, juegos y risas y lo que a nosotros nos parecían las 4 de la mañana, eran solo las once y media.
Nos tiramos a dormir al aire libre, para disfrutar del millón de estrellas del desierto. Aunque el cielo no estaba tan oscuro como esperábamos, no tiene precio dormirse viendo ese espectáculo de la naturaleza y despertarse a media noche y seguir viendo esa maravilla. Tampoco tiene precio amanecer a las 6 de la mañana con las palmas de Ibrahim y una luz ténue en el horizonte, pero eso ya pertenece a otro capítulo.
Definitivamente, el segundo día mejoró nuestra experiencia con creces. 

 

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