Acabé la carrera en septiembre. En noviembre entré a trabajar para una delegación comarcal de una cadena de radio de difusión nacional.
Me gusta mi trabajo. Me levanto cada día aproximadamente a la misma hora. Cojo el coche, o el autobús y entro a la redacción. Con mi informativo bajo el brazo y mi botella de agua en la mano entro en el estudio. Apreto los botoncitos, aquellos que en la universidad nunca acabamos de saber para qué sirven, conecto mi micro y al ruedo! Son 10 minutos de adrenalina máxima, en los que si hay un fallo, sé que todos los que me escuchen lo van a detectar.
  • Un día me dejé las llaves en la redacción. Ese día no hubo informativo.
  • Mi jefa siempre recordará el día en el que no apreté el botoncito por el que sale la música y los anuncios, con lo que hubieron varios minutos de silencio maravillosos.
  • El otro día me olvidé de colocar la crónica del racc donde toca. En el momento de “es hora de ver el estado de las carreteras, racc buenos días” hubo otro largo silencio hasta que coloqué la crónica en su sitio y pude hacer que sonara.
  • He salido en antena afónica perdida, con carraspera, con ataques de tos entre crónica y crónica, resfriada, con dolor de estómago, con frío y con calor.
Seguro que algunas me dejo, y seguro que seguirán viniendo. Es el riesgo del directo. Y me encanta.
La vida en la redacción es lo mejor. Por norma general no es la típica redacción estresada, para nada. Pasamos la mañana entre noticias locales, comarcales, ruedas de prensa, notícias absurdas, tendencias y entrevistas muy interesantes. Ah! y entre tíos buenos, freakadas y twitts. En la variedad se basan nuestras mañanas.
Hay excepciones, cuando alguna de nosotras falta, y la mañana se convierte en un caos, un descontrol, el momento de la semana donde se pone a prueba nuestra capacidad periodística para dominar 5 cosas a la vez.
En la redacción hay 4 mesas, 4 ordenadores, 4 sillas. Somos 3 periodistas. Y nos acompaña una comercial, y pronto serán dos. Las cuentas dejarán de cuadrar.
Hoy he decidido hablar sobre mi trabajo porque lo disfruto. Porque me considero afortunada por tener trabajo como periodista. No hablaré del sueldo, y de ese maravilloso contrato mercantil que nos hacen a las redactoras. Sería hablar una vez más, citando a David Jiménez, de “Putas y periodistas”.
Desde que aterricé en esta casa, se viene especulando con el hecho de reformar un despacho y enviar allí a la comercial. Y por gracia y obra de algun jefazo, la que acabará en ese despacho es una de las redactoras. Concretamente mi jefa.
Vamos a desplazar a una de las periodistas por una comercial. Si no hay euros, el periodismo se va por la ventana. Entran los negocios, los intereses, y “pagant, sant pere canta”. Lo último es que la parada del mercado del chino me promocione la noticia del día. Al fin y al cabo, ¿qué más da la información? ¿Qué más da que no haya periodistas en plantilla para poder cubrir las ruedas de prensa que convocan los ayuntamientos a horas intempestivas? ¿Y qué importa que mi informativo de por la mañana se vea reducido a 4 noticias para que quepa la publicidad? Hemos llegado a un punto en el que las únicas que “hacen la calle” en este negocio son las encargadas de vender la publicidad. Las que salen en busca del anunciante que permita que haya noticias.
Aquí lo importante es que entren anuncios y dinero. No hay más. Aquí, y desde hace unos años en todos los medios. A diario leo artículos de otros periodistas que, como yo, se encuentran en situación de precariedad, que hablan de que el medio donde trabajaban ha tenido que cerrar. Formulan mil y una hipótesis sobre el futuro del periodismo.
No hay periodismo sin periodistas. El periodismo no se va a acabar. 5 años rodeada de personas que creen en esta profesión y de algunos (pocos) profesores que siguen creyendo en ella, y en nosotros, me hacen pensar que simplemente vamos hacía otro camino. Uno que no conocemos aun, pero que el buen periodismo sobrevivirá a la crisis, a los intereses económicos y políticos. Que siempre habrá un periodista dispuesto a irse a “hacer la calle” al lugar de la noticia y explicarla.
Llamadme optimista, positiva, pero sigo creyendo en lo que hago. Me gusta mi trabajo, mi profesión.
Acabo citando al gran Ryszard Kapuscinsky, que en su obra “Los cínicos no sirven para este oficio”, refuerza mi teoría.
“los lectores acaban reconociendo la calidad de nuestro trabajo y asociándola con nuestro nombre. Son ellos los que deciden, no el director”.
Ryszard Kapuscinsky (4.03.1932 –  23.01.2007)
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