Hoy llena mi maleta mi amigo Antonio Franco, con un relato lleno de experiencia, de ganas de vivir, de descubrimiento y aprendizaje.Antonio sabe que cuando escribe, mi mundo se para, porque me transmite muchísimo. Porque aunque ahora mismo sea difícil entender lo que él siente, consigue ponerme el vello de punta con cada palabra. Pocas personas me producen ese sentimiento.

Conocí a Antonio hace tres años menos tres semanas. En una noche fría de invierno escocés. De fiesta, por supuesto. Salía de casa de Elías con su sonrisa en la cara, transmitiéndome el buen rollo que me transmitiría los cuatro meses siguientes. Hoy, Antonio sigue ahí, como el que más.

 

 Quimio y gafas de sol
¿Quién dice que no hay una solución?
Uno está siempre tan inmerso en su ritmo de vida, en el día a día y en una huida hacia delante que, en ocasiones, obcecado con el camino que hay que seguir, olvidas que has de mantener en contacto los pies en el suelo para que en lugar de deambular puedas, en definitiva, seguir caminando. Y devorado por un sistema, con la excusa y el pretexto de mirar al futuro para ser parte del mismo, la vida te golpea un día de la forma más inesperada. O bueno, no te golpea, simplemente la vida se comporta como lo que es: la vida. Y para entender la vida hay que entender la muerte… si es que no estamos hablando de los mismos conceptos.
A mi madre le diagnosticaron un tumor cerebral. Un tiempo de despiste, de inseguridad y de diversos fallos de memoria nos despistaban. A esa confusión, dos bajadas de tensión, que achacamos a otros factores, nos querían avisar de lo que ocurría porque, como diría cualquier profesor de Medicina el primer día de clase, el dolor nos pone en alerta de algo que va a ocurrir y para nada se trata del problema en sí. Nublado por lo que siempre te han contado o has malescuchado, consideras que estás preparado para cualquier obstáculo que se pueda presentar pero cuando te comunican una noticia de estas características, te das cuenta de que simplemente estás preparado para entender lo que te están diciendo, pero no para afrontarlo. Nadie nace preparado para enfrentarse a este tipo de cosas. Crees que tu ritmo de vida, el día a día y la huida hacia delante, como antes lo llamaba, te enseñan a estar preparado para lo que te espera pero eso, queridos cómplices del desconcierto (hoy más que nunca), es una patraña que otros que no eres tú se han inventado para intentar explicar de qué va esta historia.
Uno se prepara para lo que hay que afrontar en el mismo momento en que mira de cara al obstáculo y entiende, sin más remedio, que lo que ganamos hoy es lo que habremos de defender mañana. Y entiendes de una vez por todas que lo que pretende conseguir la Vida contigo es evitar que levites (así funciona el “futuro”) y que entiendas, de una vez por todas, que tus pies han de estar en todo momento pegados al suelo para que tú cuerpo ejerza peso sobre ella, sobre la Vida. De hecho, el hombre sólo siente arrepentimiento cuando le araña en las rodillas la arena del piso que nunca ha querido caminar.
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