Conocimos a Chilley y Lali en las playas de Beruwala, mientras disfrutábamos de nuestra última puesta de sol en Sri Lanka, un país que nos robó el corazón desde el primer momento. Y fue gracias a ellos que entendimos lo que sucedió en su tierra y lo que supuso para su población, que lejos del egoísmo, se entregó a los que más lo necesitaban.
Adrián con Chilley y Lali en la playa de Beruwala
Chilley y Lali, los protagonistas de “esta” historia
Chilley y Lali trabajan en una guesthouse, una casa particular donde se alquilan habitaciones a viajeros, en Beruwala. Esta pequeña localidad costera vive, básicamente, de la pesca y del turismo que se aloja en grandes resorts a pie de playa.
Su tarea consiste en atraer nuevos clientes que busquen un alojamiento algo más económico en la zona, pero también ofrecer información turística, contratar tours en tuk-tuk o taxi y hasta vigilar las pertenencias de los turistas en la playa (aunque aseguran que es bastante segura). “Queremos que el turista vuelva a su país y hable bien de Sri Lanka”, dice Chilley con una sonrisa de oreja a oreja.
Y es que la sonrisa es el sello de bienvenida en esta isla de los mil nombres.
En un lugar como Beruwala, donde el mar es el protagonista indiscutible del paisaje y de la historia del municipio, es inevitable que el tsunami de 2004 salga en muchas de las conversaciones que tienen con los viajeros curiosos. Y sorprende ver como Chilley y Lali tratan el tema entre sonrisas y naturalidad. Y es que Beruwala no fue de las zonas más afectadas: “aquí murieron 5 personas de las 35.000 que se llevó el tsunami en total”, nos cuenta Lali.
Puesta de sol en Sri Lanka
La llegada de la gran ola
A pesar de que la mayoría de la población en Sri Lanka es de religión budista y su entrada en el año nuevo es en abril, también celebran el fin de año cristiano con fiestas y música en las playas. El 1 de enero de 2004, muchos seguían celebrándolo en Beruwala, y se vieron sorprendidos por una importante crecida del nivel del mar, que les obligó a apartarse de la playa.
Cinco minutos después, el nivel del mar bajó aproximadamente dos kilómetros y ya solo quedaba arena a la vista. Chilley nos cuenta como él y sus amigos se lanzaron a recoger conchas enormes (en esta costa hay una barrera de coral que es uno de los grandes atractivos turísticos de Sri lanka) y que se llegaron reunir más de 3.000 curiosos en la playa haciendo lo mismo.
Y llegó la gran ola. Esa que alguien que no ha vivido algo así no puede imaginar. Esa ola que hizo que las 3.000 personas que ocupaban la playa se estremecieran por un segundo y empezaran a correr sin dudarlo. “Antes de verla, oímos el rugido del mar avanzando con fuerza, ahí fue cuando nos dimos cuenta de que algo no iba bien”, dice Lali. Corrieron y salvaron sus vidas, y los dos hoteles a pie de playa frenaron el primer impacto. “Quedaron destrozados, pero fueron los únicos edificios que se vinieron abajo, el resto solo se inundó”, cuenta Chilley indicándonos con gestos que en las casas, el agua les llegaba hasta el cuello.
Uno de los principales refugios en esos momentos fue un pequeño templo budista en Beruwala “Desde allí solo veíamos agua”, dice Lali, que escogió este templo porque se encuentra en una elevación del terreno. Es el punto más alto de la ciudad.

Entrada a uno de los templos budistas de la zona y uno de los principales refugios durante el Tsunami de 2004. debido a su altura.

 

Un día más tarde empezaron a llegar noticias. Había sido un tsunami y la parte más afectada se encontraba en el sureste del país. Los muertos se contaban en miles. Uno del los trenes que viajaba en ese momento de Galle a beruwala había sido literalmente tragado por el agua, enterrando a miles de personas.

Número de muertes en Sri Lanka por el tsunami de 2004. Beruwala se encuentra en el distrito de Kalutara.
Fuente: http://academic.evergreen.edu/g/grossmaz/HELGESTJ/

 

Un pueblo unido
La ayuda humanitaria procedente de Europa llegaría en los días siguientes, y tanto Chilley como Lali coinciden en que las acciones del gobierno fueron acertadas. Se repartió comida y ropa a los que más la necesitaban, pero sobretodo la gente supo ayudarse en el peor momento. “Vino gente de Kandy y otras regiones de Sri Lanka para ofrecer su ayuda, es en momentos como este en los que un país tiene que estar unido”, afirma Chilley, ahora más serio.
Un tiempo después se recuperaron tuk-tuks en el océano, y los practicantes de buceo y snorkel empezaron a encontrar de todo en el fondo del mar en las costas de Beruwala: “joyas, souvenirs, cámaras de fotos, móviles, televisiones, y hasta las botellas de alcohol del restaurante del hotel!”, nos dice Chilley otra vez entre risas.
Sri Lanka ha sabido sobreponerse al desastre de la mejor manera que sabía hacerlo: con una cultura de esfuerzo y trabajo, pero sin dejar de lado su mejor arma, la sonrisa.
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