¿Puede el turismo dejar algo bueno en el lugar que visitamos?

Estamos muy acostumbrados a hablar del impacto negativo que puede tener el turismo cuando crece sin control: masificación, presión sobre los recursos, pérdida de identidad local…

Tenerife es uno de los grandes ejemplos de nuestro país en los que hablar de turismo tiene una connotación negativa para muchas personas. Y es que, a pesar de que es uno de los principales motores económicos del archipiélago, el crecimiento continuado del número de visitantes ha abierto una conversación cada vez más intensa sobre los límites del modelo: la presión sobre la vivienda, las infraestructuras, los recursos naturales y determinados espacios especialmente frágiles. En los últimos años, además, se han producido importantes movilizaciones sociales reclamando una gestión turística más equilibrada. Poniendo el foco no tanto en el visitante como en un modelo que parte de la población considera difícil de sostener a largo plazo. 

Pero durante mi paso por el Anaga Biofest, en Tenerife, me encontré precisamente con la pregunta contraria: ¿y si viajar también pudiera contribuir a conservar aquello que hace especial a un territorio?

Durante dos días recorrí Anaga conociendo proyectos locales, tradiciones, productores, artesanos y personas profundamente vinculadas a este lugar. Más que visitar puntos concretos, acumular planes o tachar lugares de una lista, la propuesta era entender mejor el territorio: cómo se vive en él, qué conocimientos se han transmitido durante generaciones, qué proyectos trabajan para protegerlo y qué podemos hacer quienes llegamos de fuera para que nuestra visita tenga un impacto más positivo.

Eso es, en esencia, lo que propone Anaga Biofest: acercarnos a un destino no solo para verlo, sino para comprenderlo, valorarlo y, de alguna manera, contribuir a que siga siendo lo que es.

La Recova del Anaga Biofest
La Recova del Anaga Biofest

Qué es Anaga Biofest y qué lo diferencia de un festival turístico convencional

El Anaga Biofest no es un festival turístico al uso. No se trata simplemente de reunir actividades en un programa ni de enseñar los lugares más conocidos de Anaga, sino de proponer otra manera de acercarse al territorio.

La idea es que cada experiencia esté conectada con algo que ya existe allí: una tradición, un oficio, un producto, una forma de cultivar, una manera de cocinar o una iniciativa de conservación. El objetivo no es únicamente que quien visita Anaga se lleve una imagen bonita del paisaje, sino que entienda un poco mejor qué hay detrás de ese paisaje y quiénes son las personas que lo mantienen vivo.

Por eso, durante el festival, naturaleza, cultura, gastronomía y comunidad local aparecen constantemente mezcladas. Una caminata puede terminar hablando de agricultura; una actividad gastronómica puede convertirse en una forma de conocer la historia de un pueblo; y un taller aparentemente sencillo puede servir para poner en valor conocimientos que llevan generaciones transmitiéndose.

En ese sentido, el Anaga Biofest se acerca mucho a la idea de turismo regenerativo: no limitarse a reducir el impacto de nuestra presencia, sino intentar que el viaje deje algo positivo. Puede ser apoyo económico a pequeños productores, visibilidad para proyectos locales, aprendizaje, conservación o simplemente una relación más consciente con el lugar que estamos visitando.

Y probablemente ahí está una de sus principales diferencias: el visitante no es solo espectador. Se le invita a participar, preguntar, escuchar y entender el territorio desde dentro.

Anaga: un territorio que merece ser conocido más allá de sus paisajes

Anaga impresiona a primera vista por su paisaje: barrancos profundos, montañas cubiertas de vegetación, senderos que atraviesan la laurisilva y caseríos – pequeños núcleos de población- que parecen encajados en la propia orografía. Pero quedarse solo con esa imagen sería contar una parte muy pequeña de lo que es este territorio.

Detrás de esos paisajes hay personas que han aprendido a vivir en un entorno complejo, agricultores que siguen trabajando la tierra, recetas vinculadas a lo que se produce aquí, caminos que durante generaciones han servido para comunicar unos pueblos con otros y conocimientos que forman parte de la identidad de Anaga.

Y precisamente una de las cosas que propone el Anaga Biofest es mirar un poco más allá de la postal. Entender que un territorio no es únicamente aquello que fotografiamos, sino también las historias, los oficios, las tradiciones y las formas de vida que lo han construido. Antonio Hernández, Secretario de la Asociación de Vecinos de Anaga, me contaba precisamente eso: ‘nosotros queremos que la gente se lleve algo más que una foto de ‘postureo’, porque ese tipo de turismo nos está desgastando a las personas y al territorio’. 

Porque muchas veces viajamos buscando lugares espectaculares sin detenernos a pensar qué ha hecho posible que sigan siendo así. Y conocer esa parte menos visible cambia también la forma en la que nos relacionamos con un destino: cuando entiendes mejor lo que tienes delante, es mucho más fácil valorarlo y querer cuidarlo.

disfrutando del Macizo de Anaga
disfrutando del Macizo de Anaga desde Taborno

Taborno: conocer el territorio desde dentro

Uno de los eventos que mejor resume la filosofía del Anaga Biofest fue el que vivimos en Taborno durante la Jornada de la Papa Borralla. Yo personalmente participé en la ruta etnográfica de la Papa Borralla en la que fuimos enlazando pequeñas experiencias que ayudaban a entender cómo se ha vivido tradicionalmente en esta parte de Anaga y qué relación existe entre el paisaje, la agricultura, la gastronomía y las personas que lo habitan.

Conocimos todos los detalles que hay detrás del cultivo de la papa borralla, una variedad de patata ligada a estas tierras y que tiene un color muy amarillo, textura seca y compacta. Eso hace que absorba especialmente bien las salsas de guisos y de otras recetas tradicionales. Solas están espectaculares, pero el mojo picón les queda…¡para chuparse los dedos!

Caminamos por senderos y zonas agrícolas en un recorrido guiado y acabamos de nuevo en Taborno para participar en un concurso de mojos elaborados por los vecinos. En la plaza del caserío había también diferentes puestos de artesanos locales y de vez en cuando pasaba algún vecino con algo de comer: gofio con queso, papas arrugadas y otras delicias caseras. Y todo al son de la Parranda Roque Negro. Esta jornada es, sin lugar a dudas, un punto de encuentro para vecinos y visitantes y que sirve también como punto de partida para hablar de agricultura, de producto de proximidad. Y de cómo determinadas costumbres se mantienen vivas gracias a las personas que continúan practicándolas.

Ahí es donde empiezas a darte cuenta de que detrás de algo aparentemente tan sencillo como una receta, una técnica artesanal o una variedad cultivada hay muchísima información sobre un lugar: cómo se aprovechaban sus recursos, cómo se adaptaban sus habitantes al entorno y qué conocimientos se han ido transmitiendo de generación en generación. Y también, por qué no decirlo, cuánto de todo esto se perderá si nadie le pone atención y cuánto de esto no se potenciaría de no existir espacios como el Anaga Biofest. 

Lo interesante es que estas experiencias no están planteadas como una demostración para turistas, sino como una oportunidad para acercarse a una realidad que ya existe. Escuchar directamente a quienes trabajan, cultivan, cocinan o mantienen vivas esas tradiciones cambia completamente la manera de mirar el territorio.

Las Jornadas de la Papa Borralla en Taborno
Las Jornadas de la Papa Borralla en Taborno
Papa Borralla con Mojo
La Papa Borralla, todo un icono gastronómico del Parque Rural de Anaga

La Recova: cuando los proyectos locales se encuentran

Otra de las citas importantes del Anaga Biofest es el mercadillo de La Recova. En este espacio se reúnen proyectos, productores, artesanos e iniciativas vinculadas al territorio. Más que una feria al uso, funciona como una especie de escaparate de todo lo que se está haciendo en Anaga y alrededores para conservar su patrimonio natural y cultural y mantener viva la economía local.

Durante la jornada conocí propuestas muy diferentes: gastronomía, artesanía tradicional, productos de proximidad, vinos, actividades familiares y proyectos de educación y conservación ambiental. Y precisamente esa mezcla ayuda a entender que proteger un territorio implica muchas cosas a la vez.

Un buen ejemplo es la elaboración de cajas nido, uno de los talleres que se llevan a cabo durante esta jornada. A primera vista puede parecer una actividad sencilla, sí. Pero detrás hay una herramienta de conservación que sirve para favorecer la presencia de determinadas aves y, al mismo tiempo, acercar la biodiversidad a quienes participan. Lo interesante es que la experiencia no termina cuando acaba el taller. Estas cajas nido permanece en el territorio, se monitorizan y pueden seguir cumpliendo una función después de que el visitante se haya marchado.

Me llamó especialmente la atención el taller de alfarería tradicional que ofreció Cristina Toledo. Un espacio en el que las personas que se habían apuntado podían aprender a hacer diferentes piezas con una técnica de alfarería que es patrimonio cultural de las Islas Canarias. Para ello, se utilizan materias primas locales y herramientas rudimentarias también de kilómetro cero. Un tipo de alfarería que se ha mantenido desde la época indígena hasta nuestros días gracias a artesanas como Cristina. 

Ese tipo de acciones resume bastante bien una de las ideas que atraviesa todo el festival: preguntarse qué queda después de nuestra visita. Puede ser una caja nido instalada, el apoyo a un productor local, una tradición que hemos conocido o simplemente una mayor comprensión del lugar.

La Recova permite, además, poner cara a muchos de esos proyectos. Hablar directamente con quienes elaboran, cultivan, investigan o trabajan por conservar Anaga hace que todo resulte mucho menos abstracto. Y convierte al visitante en algo más que un espectador: alguien que pregunta, aprende y, en cierta medida, participa de esa red local.

La gastronomía de Anaga también es importante y pude participar en una ruta guiada por La Laguna para conocer ingredientes clásicos, platos típicos y vinos de la zona. Un placer, no solo para las papilas gustativas, si no también para las personas que, como yo, agradecemos siempre una buena ruta guiada y conocer más el lugar que estamos visitando. Su historia, su cultura, sus costumbres. 

La jornada en La Recova incluye también conciertos, animación infantil y otros muchos talleres que cambian cada año y que recomiendo consultar en la web del Anaga Biofest. 

Alfarería tradicional del Macizo de Anaga
Taller de alfarería tradicional en La Recova del Anaga Biofest
Cajas Nido en el Anaga Biofest
Las cajas nido hechas por los niños que pasaban por La Recova
Ruta gastronómica y vinos locales
Ruta gastronómica y vinos locales

¿Qué significa realmente turismo regenerativo?

A veces utilizamos conceptos como “turismo sostenible” o “turismo regenerativo” sin detenernos demasiado a pensar qué significan en la práctica.

Para mí, una de las cosas interesantes del Anaga Biofest es precisamente que ayuda a aterrizar esas ideas sin necesidad de ponerle la etiqueta de ‘sostenible’ constantemente a las actividades que se realizan en el festival. No se trata de viajar con la pretensión de “salvar” un lugar. Se trata de entender que nuestras decisiones como visitantes también tienen consecuencias: dónde gastamos, qué actividades elegimos, cuánto respetamos los ritmos del territorio o de qué manera nos relacionamos con las personas que viven en él.

El turismo regenerativo da un paso más allá de intentar reducir el impacto negativo y plantea una pregunta diferente: ¿puede nuestra visita aportar algo positivo?

Una de las claves del Anaga Biofest en este sentido es la limitación de aforos. Algo que, cuando arrancaron su andadura hace ya 6 años era algo revolucionario. Pero que se ha demostrado que funciona, especialmente en un territorio ya muy tensionado por el exceso de visitantes. Coinciden en ello todas las personas que he entrevistado durante estos días en la zona: ‘turismo sí, pero controlado’. 

Lo que me llevo del Anaga Biofest

Yo había estado anteriormente en Tenerife, pero esta experiencia me permitió acercarme a Anaga desde un lugar completamente diferente.

Muchas veces viajamos con una lista de lugares que queremos ver, restaurantes en los que queremos comer o rutas que queremos hacer. Una forma de viajar que puede caer en el egoismo porque solo busca la satisfacción personal. En este viaje, sin embargo, lo más interesante no fueron tanto los puntos concretos que visitamos como todo lo que fui entendiendo entre uno y otro.

Me llevo la sensación de haber conocido un territorio con más profundidad. Pero sobre todo la reflexión de cómo viajar a partir de ahora integrando estos aprendizajes en mis viajes. ¿Cómo puedo hacer que mis viajes sean regenerativos aunque no haya un Anaga Biofest de por medio? 

No creo que tengamos que convertir cada escapada en una lección. Tampoco viajar sintiendo que tenemos una responsabilidad enorme sobre cada destino, pero sí podemos ser un poco más curiosos. Preguntar más. Elegir mejor. Y, de vez en cuando, salir de los lugares evidentes para descubrir todo lo que ocurre alrededor.

Paisajes en el Parque Rural de Anaga, en Tenerife
Paisajes en el Parque Rural de Anaga, en Tenerife

Viajar para que un lugar siga siendo lo que es

Después de estos días, creo que la pregunta con la que llegué al Anaga Biofest tiene una respuesta bastante sencilla: sí, el turismo puede contribuir positivamente a un territorio, pero depende mucho de cómo se plantee.

Conozco a Javier Tejera, el fundador y director del Anaga Biofest, desde hace muchos años. Y hay una frase que me dijo una vez que siempre me acompaña: ‘viajar menos para viajar mejor’. Quizá el éxito no esté en conseguir que un lugar reciba cada vez más visitantes, sino en que quienes lleguen se marchen entendiendo algo más de él. Quizá el éxito está en que los viajes dejen de ser ‘fast food’ para ser algo que saboreemos a fuego lento, dejando la prisa a un lado. 

Que después de un viaje sepamos distinguir un producto local, comprendamos por qué una tradición merece conservarse o recordemos el nombre de alguna de las personas que nos explicó cómo es vivir allí.

Porque quizá viajar de una manera diferente no consiste en hacer grandes gestos. A veces empieza simplemente por abrir los ojos, prestar un poco más de atención y dar el mismo cariño al lugar que te gustaría recibir a ti en tu casa. 

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